martes, 18 de mayo de 2010

Las nuevas tecnologías, fuente de desigualdades.

Más de la mitad de la población del mundo no ha usado jamás un teléfono y las líneas instaladas en todo África negra son menos que la que existen en la ciudad de Tokio. Esto puede constituir una exclusión para los habitantes de los países más pobres como Zambia, los individuos menos educados e informados, y, en definitiva los desposeídos de “tierras”. Además, no hay ninguna razón para pensar que la revolución de la información pueda ofrecer una solución mágica al endémico problema de la pobreza y el subdesarrollo, sino más bien puede ser el nuevo nombre que reciba la perpetua y cada vez más profunda dominación de muchos pobres por unos cuantos ricos. El resultado es que, internet incrementará las diferencias con las clases bajas dentro las naciones y también entre naciones. Cuando existe una importante diferencia de poder o de recursos entre personas, grupos humanos o países, que lo único que lleva es a una mayor desigualdad entre ellos y a un incremento en la explotación y el dominio de los fuertes sobre los más débiles como evidencia también el desequilibrio en la distribución del poder en el ámbito de los medios de comunicación. En definitiva, las nuevas tecnologías, por lo tanto son, y serán cada vez más, indiscutible fuente de mucho mayores desigualdades. Sin embargo, aún hay más: el injusto reparto de los recursos se extiende dramáticamente en el campo de los medicamentos, con lo que la actual globalización está ensanchando también, a nivel planetario, el grupo de los enfermos, modalidad de exclusión que, nuevamente, afecta a todos los pobres, y particularmente a los pobres de los países pobres. En efecto, la malaria, el cólera, el sida, la tuberculosis, la diarrea, la fiebre amarilla o la enfermedad del sueño están todavía hoy día arrasando algunos países del Sur, sobre todo porque los enfermos pobres no tienen dinero para el tratamiento. Así, un tercio de la humanidad no tiene acceso a fármacos básicos. Un europeo puede curarse una neumonía con el equivalente a 3 horas de salario, pero en África hace falta casi el sueldo de un mes. Por ejemplo, la mitad del ingreso familiar se les va a los campesinos de Zambia en tratar una neumonía infantil cuyo coste es de 1.700 pesetas. Consecuencia de todo ello es que, como señala la OMS (Organización Mundial de la Salud) diecisiete millones de personas mueren al año por no poder comprar fármacos que son corriente de los países desarrollados. ¿Nos importan, pues, más la vida de millones de personas o el enriquecimiento de unos pocos?
Pero también están aumentando las desigualdades dentro de las naciones. La globalización está produciendo una creciente dualización no sólo entre los países, sino dentro de las sociedades,en las que se está generando una nueva pobreza y una nueva riqueza.

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